Deja de intentarlo…así

Deja de intentarlo…así

Deja de intentarlo…así

Son numerosas las familias que acuden a mi consulta desesperadas por el dolor y el sufrimiento que les genera ver a su ser querido auto-destruyéndose sin que quieran dar el paso de pedir ayuda. Me cuentan que cuando les piden por favor que ” hagan algo” para salir de ahí, suele tener efectos aún más devastadores, pues no quieren escuchar nada relacionado con sus problemas ni,  por supuesto, a nadie que les confronte con el hecho de que realmente tienen uno, y grave. Y entonces es cuando las familias me cuentan impotentes que su familiar tuvo una reacción desproporcionada incomprensible, que se puso “como loco” a chillar, a insultar, a lanzar cosas o bien, que se dio media vuelta y se fue, y que estuvo una semana sin coger llamadas ni querer saber nada de nadie, como si la tierra se lo hubiera tragado.

Con lágrimas en los ojos me suelen decir “lo hemos intentado todo para que se deje ayudar, pero rechaza la ayuda, una y otra vez, y cada vez es peor, se va haciendo más y más daño. Por favor dinos ¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos decirle para que acuda a su consulta y lo vea?

Con toda mi comprensión hacia el sufrimiento intenso de estas familias, y todo mi cariño, les suelo decir: “si no quiere ayuda, no se le puede ayudar”. Lo sé, es una triste realidad. En esos momentos cuando siento el pánico de las familias me encantaría poder decir otra cosa, cualquier otra, pero lamentablemente, no puedo y lo siento en el alma. Y entonces en un llanto sin consuelo me preguntan ¿qué opción nos queda? ¿Permanecer impasibles y ver cómo se acaba matando? Y aquí es donde digo: “cuidaos vosotros”. Aclaro esto: cuando no podemos hacer nada más por el otro, solo nos queda aceptar esa realidad. Aceptación no es resignación, es sólo que esa es la realidad que tenemos, no implica que nos tenga que gustar. Pero luchar constantemente contra ella, por intentar cambiarla (cuando no depende de uno), es como estar dándonos cabezazos contra una pared, es una pérdida de tiempo, de energía, un sobreesfuerzo que nos va deteriorando y desgastando, y que nos hace enfermar de múltiples formas: ansiedad, depresión, enfermedades dermatológicas, enfermedades digestivas, cefaleas, dolores musculares, enfermedades autoinmunes…

Vale la pena dejar de insistir en lo que la experiencia nos has demostrado que no funciona, pues no va a funcionar en ningún otro momento. Eso seguro.

Tal vez, si uno mismo comienza a cambiar y, por tanto, a dar nuevas respuestas al mismo problema, eso lleve al otro (al que no quiere ayuda) a tener que recolocarse. Por ejemplo, cabe mencionar comunicarnos sin reproches, desde la validación emocional, sin forzar al otro, pero transmitiéndole que nos encantaría poder disfrutar de la vida juntos, en armonía. Que somos conscientes de que lo está pasando mal y que, cuando quiera y nos necesite, ahí vamos a estar, para ayudarle. Siempre.

A veces han venido personas a mi consulta “forzadas” por sus parejas, sus padres, sus hijos, etc. Sé que son sesiones muy complicadas, pues la persona viene desmotivada y sin demanda de ayuda: “a mí no me pasa nada, el problema lo tienen los demás” (ejemplo habitual de respuesta), el peor de los cócteles anti-cambio. Trato de ser muy cauta, sé que si consigo acercarme un poco a ellos, comprender cómo se sienten y validarlos, hay una esperanza para que enganchen en la relación conmigo, y desde ahí, puede abrirse una puerta al cambio. Entonces cruzo los dedos y me aventuro con el siguiente comentario “sé que piensas que a ti no te pasa nada, que todo está bien para ti, sin embargo, las mayoría de las personas con las que te relacionas se encuentran fatal emocionalmente, hundidas por tus conductas. Por mi experiencia, cuando esto ocurre, sé que algo anda mal ahí adentro, aunque tal vez tú no lo puedas ver. O te de miedo verlo. Y puedo entenderte. Sé que eso de tu interior duele mucho, a veces demasiado, llegando incluso a ser intolerable. Y que llevas media vida aprendiendo cómo mantenerlo alejado, apartado, borrado, negado…relegado a otra parte de ti de la que puedes no ser ni consciente. Y tal vez en el pasado cuando te atreviste a pedir ayuda, la sesión no fue bien, y tocaron demasiado donde dolía, dejándote aún peor. Yo te voy a pedir que te des otra oportunidad ahora y que pruebes, y si después no te sientes mejor, lo dejamos. Y te voy a pedir que me ayudes a saber cuándo está siendo demasiado para ti, para que paremos. En todo momento voy a respetar tu propio ritmo, y tú (tu cuerpo, tus sensaciones, tus emociones) me vas a ir guiando. Pero esto será sólo si tu quieres.” Y, a veces, sucede el milagro…

 

Con este escrito, que no muestra ningún caso en concreto, sino más bien a un conjunto de experiencias habituales en la clínica, me gustaría infundir esperanzas de que el cambio es posible. Y es que como dice Marsha Linehan, “el cambio es posible si llegamos a la aceptación radical, que reside en desprenderse de la ilusión de control y en la voluntad de aceptar las cosas tal y como son ahora, sin juzgarlas.”

 

 

Fdo. Vanessa González Herero



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